Es el encargado del albergue La Sagrada Familia

Desde el patio del albergue La Sagrada Familia, en la ciudad de Apizaco, se ve hacia arriba el paso de La Bestia todos los días en distintos horarios.
El sonido de la locomotora que anuncia la llegada del tren irremediablemente trae a la mente que entre los vagones viajan decenas de migrantes centroamericanos que buscan una mejor condición de vida allende la frontera norte de México.
El albergue es un punto anhelado por los pasajeros de La Bestia, pues desde que abordan de manera clandestina los vagones saben que en Apizaco hay un lugar donde pueden comer, descansar y bañarse.
Pero hay un problema que deben sortear los migrantes para bajar al albergue que desde las alturas de La Bestia se ve al fondo de una pendiente de grava, a espaldas de la iglesia de Cristo Rey: las barreras de concreto que la empresa Ferrosur ha colocado a un costado de la vía en ambos lados y contra las cuales se impactan los viajeros al tratar de descender del tren, en algunos casos con golpes que sanan en algunos días, en otros casos que derivan en la amputación de una pierna o un brazo, y en lo más extremo cobra de vida de la persona.
Abajo, en su sencillo zaguán se aprecia una lona en la que se solicita la donación de pantalones, playeras, mochilas, zapatos, comida y todo lo que la gente quiera donar para apoyar a los centroamericanos que tocan la puerta en busca de ayuda tras varios días de viaje y que llegan con quemaduras en el rostro por el frío o el calor, enfermos de las vías respiratorias o fatigados por el viaje. Es el acceso al albergue La Sagrada Familia.
El encargado de este “oasis para los migrantes” es el padre Elías Dávila Espinosa, quien recibió de la Fundación Desiderio Hernández Xochitiotzin una presea conmemorativa al décimo aniversario luctuoso del muralista tlaxcalteca.
La entrega de este reconocimiento fue por la labor social y humanista que ha realizado Dávila Espinosa a favor de los migrantes centroamericanos que atraviesan el territorio estatal en su camino hacia los Estados Unidos de Norteamérica para hacer realidad el sueño americano.
Por este motivo, revista Momento charla con el presbítero en el patio del albergue, a fin de conocer algunos aspectos de su vida personal y de su trabajo como encargado de este espacio.
Ataviado con una guayabera color blanco y pantalón azul marino, el padre Elías relata que nació el 15 de septiembre de 1957 en San Damián Texóloc. Sus padres son Rómulo Dávila (campesino y conserje) y Ángela Espinosa (ama de casa). Tiene seis hermanos, él es el mayor, “el más viejito y el único religioso”.
“Siempre me gustó el sacerdocio, fui acólito y luego monaguillo, siempre tuve el gusto por estar en cosas de la Iglesia desde los ocho o nueve años de edad. Antes, como todo niño, jugaba con el trompo, el yoyo, los juegos que había en ese tiempo, no había tantos aparatos de comunicación como ahora”, ahonda en la parte inicial de la plática, mientras alrededor de 15 migrantes que recién arribaron al albergue devoran la comida que les han servido a unos 5 metros de donde se realiza la entrevista.
Elías Dávila agrega que la secundaria, preparatoria y filosofía las estudió en el Seminario de la Y Griega. “Yo creo que Dios va dando a cada uno su carisma, su vocación, a mí desde niño siempre me han gustado las cosas de la Iglesia, las cosas de Dios, acercarme a los sacramentos, desde la fe hacer el bien del que necesita”.
Menciona que seguir la vocación permite realizarse a las personas y cita como ejemplo que días antes un fotógrafo le decía que le pagan por hacer lo que le gusta, y “en mí caso me gusta lo que hago y soy feliz en la vida sacerdotal. Si otra vez volviera a nacer, elegiría que quiero hacer lo mismo”.
Se ordenó como sacerdote el 8 de marzo de 1986, en el Día Internacional de la Mujer, así que lleva 32 años ordenado como sacerdote. Ha ejercido su ministerio en comunidades indígenas de habla huasteco, náhuatl y otomí.
“Para mí ha sido una gran experiencia conocer su cultura, ser parte de la comunidad y trabajar con cooperativas. En una comunidad organice una asociación civil donde empezamos a trabajar el cultivo del plátano y papaya, Fui colaborador para crear una Caritas en Choncla, Veracruz”.
El presbítero regresó a Tlaxcala hace cinco años por el amor a la tierra, al trabajo pastoral y seguir trabajando por medio de Dios.
“Dios a cada quien le va dando su caminar, donde quiere que sirvamos, estoy convencido por lo que Dios me ha dado, lo lleva de la mano a cada uno y en ese caminar nos va dando lo que tiene uno que hacer”.
Recuerda que el entonces obispo Francisco Moreno Barrón le encomendó trabajar en este espacio que atiende a los migrantes y en las parroquias de Cristo Rey, La Misericordia y en San Salvador Tzompantépec.
Anota que llegó al albergue en sustitución del padre Ramiro, a quien le tocó ser pionero de la primera etapa de la Casa del Migrante, pero en sus últimos días aquí estuvo enfermo y casi no estaba.
“Cuando llegué todavía no había leyes tan claras de quién se encargaba de asegurar a los migrantes, si era la policía estatal o la municipal, había un vacío y entonces se generaba cierto temor, cierta persecución hacia los migrantes, todavía la hay, pero siento que en los últimos años los medios de comunicación se han interesado por el tema de la migración y eso se detonó por la masacre de 72 migrantes en San Fernando [Tamaulipas], yo pienso que de esta masacre hay el antes y el después. Ojalá y el después no sea para que los migrantes se asesinen o se maltraten, sino que sea algo mejor para ellos”.

Su anhelo es que a los migrantes se les trate con dignidad

El anhelo del padre Elías es que a los migrantes se les trate con dignidad, decirle a la comunidad que la migración es una realidad que no se oculta, decirle incluso al gobierno estatal que hay que hacer algo por estas personas.
“Cuando hablamos de migración, hablamos de migración de origen, hay más de 100 mil tlaxcaltecas en Estados Unidos y cualquiera de nosotros tiene un pariente o conocido en ese país y sentimos como que no han hecho nada por ellos. Tan solo en el albergue, a siete años de que se fundó, han pasado más de 33 mil migrantes, nada más los que han pasado en la casa, pero en el estado quizá más del doble, entonces es una realidad que no puede ocultarse. También sabemos que los que pasan por Tlaxcala reciben agresiones de parte de las corporaciones policiacas y por eso es importante que se impartan cursos sobre derechos humanos a los elementos”.
Refiere que el año pasado se emitió una recomendación de derechos humanos hacia los municipios de Muñoz de Domingo Arenas, Apizaco, Xalóztoc y Tocatlán para que su personal atienda a los migrantes.
–Cuando un migrante toca a la puerta, ¿cuál es el primer pensamiento de usted?
–Primero que la casa la vean como un oasis, sabemos que ellos vienen varios días sin comer, algunos vienen sin bañarse y queremos que lleguen a esta casa como si fuera su casa, a un oasis, algunos incluso hasta en el suelo, en el cemento, duermen, descansan, lo que quieren es que nadie los moleste. Que digan aquí llego a mi casa donde nadie me molesta, donde me dan de comer, donde descanso y donde reciben fortaleza alimentaria y espiritual para que sigan su viaje.
–¿En algún momento pensó que iba a trabajar a favor de los migrantes?
–Hace como 30 años no se vislumbraba la pastoral social, porque cuando se hablaba de la pastoral social estaban todavía los dos bloques, la URSS, el mundo socialista y el mundo capitalista, entonces decir o hablar de pastoral social era hablar de apoyar a la URSS y a Cuba. Los tiempos han cambiado, hace 30 años el problema de la migración estaba, pero no era visible como ahora. Lo que veo es que Dios a cada uno lo va llevando de la mano, pide Dios que dé uno una respuesta a los problemas actuales, ahorita el tema de la migración es un tema muy fuerte, dice el papa Francisco [que es] un signo de los tiempos y tenemos que dar una respuesta hacia ellos.
“No sé qué pasará dentro de unos 20 o 30 años, pero ojalá que los países de origen tengan seguridad y trabajo para que la migración no sea forzada. Jamás pensé que iba a estar pendiente de este fenómeno”.

Recibió la presea de la Fundación Desiderio Hernández Xochitiotzin

Si bien ahora está abocado a la labor de atención a migrantes, revela que su ideal siempre ha sido trabajar en cooperativas porque en sus inicios como presbítero no estaban de moda los derechos humanos, sino hacer tiendas de consumo y cajas populares.
–¿Qué significó el reconocimiento de la Fundación Desiderio Hernández Xochititotzin que recibió usted?
–Más que un reconocimiento personal, es de grupo; cuando hay un reconocimiento personal, es para la casa y es para recordar que la migración debe atenderse, no debe pasar de largo y ojalá que en la propuesta de reforma a la Ley de Migrantes, en la que se piensa tener un instituto en lugar de una dirección, se haga una política para migrantes, tanto para los de retorno como para los que van rumbo a Estados Unidos. Tlaxcala no tarda en ser punto receptor de migrantes, pero hoy los distinguimos. A los migrantes europeos y chinos los tratamos bien, vamos a comer comida china, italiana, vamos al McDonald’s, pero a la migración centroamericana la marginamos
Considera que a los migrantes de Centroamérica los deberíamos ver como hermanos y seguir una política social de que si el migrante quiere quedarse, se le incorpore a la vida productiva y por qué no pensar algún día que un salvadoreño ofrezca la popusa (tortillas gruesas), como se ofrece una pizza en un establecimiento. “No tener una actitud de marginación hacia esas personas por ser centroamericanas”.
–¿Qué busca usted en el sacerdocio?
–Sobre todo servir a Dios, decía Jesús en el Evangelio: hay dos amores, servir a Dios y al prójimo, eso es lo principal, todo es por amor a Dios y amor al prójimo, si no lo hiciera, estaría pecando porque si pasan migrantes y no hago nada por ellos, estoy pecando por ellos, hay que atenderlos mejor.
Observa que a unos días de realizarse esta entrevista, un migrante mexicano, al bajar del tren, se estrelló contra un muro y se lastimó, entonces “queremos que no haya obstáculos para que la migración fluya y camine sin que sean agredidos físicamente ni con los muros que les impiden seguir su viaje”.
–¿Es difícil dirigir un albergue para migrantes?
–Cuando hay buena voluntad y todos ponemos de nuestra parte, no. Aquí lo que queremos es que quienes sirvan en la Casa del Migrante lo hagan con vocación, ver al migrante como un hermano, al que se trata con dignidad y respeto. Es difícil cuando se acaba el aceite, el frijol y el azúcar, entonces pedimos que nos echen una manita. Ojalá hubiera solidaridad entre todos para que funcione la casa. Este mes llegó el recibió de luz de 2 mil 500 pesos y andamos con el Jesús en la boca.
–¿Cómo hacen para conseguir recursos?
–Yo aquí veo como Dios es providente, la otra vez hicimos un evento y teníamos que contratar lonas, ver que alguien venga y exponga, eso implica gastos, pero Dios dijo aquí está lo de la luz; necesitamos un equipo de bienhechores que asegure el pago de luz, sino viene otro mes y ahora qué hacemos.
–¿Cómo es un día normal de usted?
–Venir aquí, hablar con los migrantes, estar con ellos, preguntar cómo les fue en su viaje; cuando hay un migrante lastimado, tratamos, en lo que podamos, de ayudarlo. Cuando nos enteramos de migrantes lastimados, llegamos primero a atenderlos y si la lesión no es tan grave, los traemos al albergue. He visto migrantes que se han pegado contra las barreras de cemento, pero no es tan grave la lesión y los traemos aquí, tenemos un dispensario, traemos una doctora, se atiende y descansa el migrante. Se queda los días de reposo que diga el doctor para que siga su viaje.
Otras actividades diarias del sacerdote son atender la parroquia, donde está pendiente de las tareas de las catequistas, de la familia y todo lo que es la vida de un párroco.
–¿Cuáles son los principales obstáculos que tiene el albergue?
–Yo pienso que la falta de bienhechores permanentes para atender el mantenimiento, la casa no ha cerrado desde hace siete años, en parte nos quejamos por los gastos, pero Dios está con nosotros. Otro problema puede ser, aunque no fuerte, que algunos migrantes o personas vienen drogados o alcoholizados a pedir de comer y se ponen agresivos con las personas que atendemos. Incluso, llegan personas y vemos que son polleros, les decimos que se retiren. Esto último ciertamente pone en riesgo a las personas, lo mismo cuando se denuncia la agresión a un migrante, pues también hay cierta inseguridad.
–¿Cuál es la experiencia más amarga que ha vivido en el albergue?
–Que los barrotes (de concreto) sigan siendo causa de que los migrantes se lastimen, porque en ese caso no solamente es uno, son varios migrantes; cuando son agredidos, cuando van en el tren y los venadean, los tratan de matar. Es amargo porque atentan contra una vida, decía un migrante que pasa por México y no hacen nada, van en el tren, entonces por qué esa agresión. Por eso ese sentimiento de dolor, de tristeza y de impotencia. Yo siempre comento que acaso las personas que hacen eso no tendrán parientes en Estados Unidos o a lo mejor ellos algún día van a emigrar a Estados Unidos y a poco les gustaría que les hicieran algo.
Reflexiona que en México y en Tlaxcala todavía la gente tiene actitud de discriminación hacia los migrantes, porque se ha asociado al migrante con mexicanos que están en las esquinas pidiendo dinero y algunos de ellos hasta son agresivos si no les dan una moneda.
En otros casos, se ha identificado a algunos extranjeros que se han estacionado en Apizaco y su modus vivendi es la charola, esto es, pedir dinero en la calle a la gente.
“Por eso es que dicen ya no queremos migrantes, ya no los queremos en las esquinas, cuando en realidad la migración es otra, ellos pasan y siguen su viaje, muchos de ellos cuando llegan aquí piden a sus parientes de Estados Unidos o Centroamérica que les envíen dinero para seguir adelante. En el albergue solo apoyamos a los migrantes en tránsito. Si alguien está charoleando, yo hasta aconsejaría que no les den nada”.
–¿Cuál es la experiencia más feliz que ha tenido en el albergue?
–Pues son varias, pero quiero resaltar dos, una en la que apenas un migrante mexicano tenía siete años que se había perdido, de repente llega a la Casa del Migrante y fuimos el enlace con la familia y testigos del reencuentro con la familia; eso vale la pena. La mamá del muchacho trabaja vendiendo tacos y dijo: padre, tenga dinero, pero no es por desprecio, gastan tanto por el viaje, en ese caso, más que el dinero lo que vale la pena es el reencuentro. Otra experiencia agradable fue la llegada de un centroamericano y se le canalizó para que se le autorizara su visa por refugio y vino hace unos meses a agradecer el apoyo. Otros que ya pasaron a Estados Unidos y nos reportan que ya lo lograron, eso vale la pena.
Elías Dávila estima que solo el uno o dos por ciento de los migrantes que pasan por este albergue logra su cometido de cruzar a Estados Unidos, porque unos ya se quedan en México, otros le batallan para pasar, otros no tienen dinero para pagar el coyote, “entonces son bien poquitos”.
Indica que en la República Mexicana hay varias casas de migrantes y la de Apizaco es la primera de clima frío, pues los centroamericanos vienen de Guatemala y Honduras, principalmente, donde el clima es cálido, tropical, en Veracruz también es tropical y en Orizaba empieza el clima frío, por eso al llegar a Apizaco para ellos es drástico el cambio de clima.
En el trayecto por tres hacia la frontera norte de México también hay casas que atienden a migrantes en Tijuana y Saltillo, por lo que muchos centroamericanos ya saben que llegan a Apizaco y también tienen otra opción en Querétaro. “Veo que la Casa del Migrante es un escaloncito para que lleguen a su sueño”.
En el albergue La Sagrada Familia un migrante puede pernoctar máximo dos noches, ya si alguien viene herido o enfermo, o quiere esperar a algún pariente, habla con el director y le da el tiempo que requiera. Si ya no quiere seguir o estacionarse, se le dice que no, que siga su ruta, esa es una regla porque el albergue es de paso, no es como una casa de huéspedes, ya que no se tienen los recursos para mantener a tantas personas por varios días.
–¿Qué aprende usted de los migrantes?
–Cada persona es un gran tesoro, cada uno viene con un ideal de su familia, un chico decía que venía de Guatemala y no quería que su hermano sufra lo que él, por eso se arriesga a pasar. Otro decía que quería trabajar en el rancho de Vicente Fernández, cada uno tiene sus sueños, cuando uno oye sueños, quiere compartirlos con ellos, por eso esta casa es una casa de esperanza, incluso para retornar, porque muchos migrantes ya no quieren seguir su viaje y saben que aquí los llevamos al Instituto Nacional de Migración (INM), se entregan voluntariamente, los llevan a Iztapalapa en la Ciudad de México y de ahí al país de donde son.
Sobre las personas que deciden regresar a su país de origen, estima que es el 0.2 por ciento y esos casos se presentan cuando los centroamericanos ven un accidente en el camino o ven a algún amigo que murió.

 

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