Ganar un reality gastronómico le cambió su vida cotidiana

Cuida y vacuna animales, crea platillos y apoya en las actividades agrícolas a su esposo

En la parte norte de la laguna de Atlanga, en medio de terrenos de labor, cría de animales de traspatio y muy cerca de la majestuosa peña de El Rosario, está edificada una casa que después del 17 de diciembre de 2017 se ha convertido en un punto de referencia de turistas, políticos o gente que simplemente quiere conocer al personaje tlaxcalteca del momento.
Se trata del hogar de Honorina Arroyo Gómez, quien ganó un concurso de cocina transmitido en una televisora de cobertura nacional a finales del año pasado y su éxito es motivo de orgullo para los tlaxcaltecas, al grado que ahora ella recibe en promedio a tres familias por día en su casa y cada vez que va a Tlaxco la gente le pide tomarse fotografías.
Revista Momento charla con Honorina en una tarde soleada en el patio de su hogar, en donde el sonido del viento fresco se mezcla con el trino de las aves que por doquier hay en los árboles o que vuelan con rumbo a la laguna de Atlanga, a unos 500 metros de la casa de nuestra entrevistada. Su hogar es vigilado por sus perros de nombre Cuca y Niebla.
Mujer sencilla en su forma de ser y, al mismo tiempo muy franca en todo lo que dice, Honorina aún no asimila del todo esta nueva etapa de su vida en la que dejó de ser una persona del medio rural que lo mismo cuida ganado que trabaja el campo, a convertirse en personaje público.
Honorina luce cabello lacio color negro, viste pantalón de mezclilla, una blusa color negro decorada de flores y zapatos abiertos. Al iniciar la entrevista menciona que ella nació en El Sabinal, municipio de Tlaxco, el 27 de febrero de 1961, “pero ahora ya soy de Atlanga, desde hace 30 años nos vinimos a vivir mi esposo y yo. Vivimos en Atlanga”. El lugar donde habita se conoce como Santa Clara Ozumba Atlangatepec.
Tiene seis hijos, todos con carrera, “con esfuerzo, porque híjole sí es difícil, había veces que no había para el pasaje, pero han salido adelante”. Su esposo Salvador Salinas se dedica al campo y está enfermo de diabetes.
Sus hijos son Martín Salinas que estudió en el Colegio Militar y recién concluyó la carrera en Protección Civil; Salvador que es juez municipal de Atlangatepec, Eduardo es ingeniero en Computación, Agustín que está en el Colegio Militar, Dulce es abogada y el más chico es Antonio que es militar.
Expone que desde pequeña ha trabajado en todo lo que es el campo, “en todo, todo, todo”, sabe tejer servilletas en frivolite, listón, punto de cruz y deshilado; además de dedicarse a los animales, “sé vacunarlos, inyectarlos, cuidarlos, ya sé detectar cuando un animal está enfermo y qué darle. Soy veterinaria clandestina (risas), porque no tengo título”.
Su papá fue Raymundo Arroyo Mejorada y su mamá María Guadalupe Gómez Villegas, ambos originarios de Tlaxco y se quedaron a vivir en este municipio.
“Yo le agradezco mucho a mi mamá que me enseñó muchas cosas, no nos dio escuela porque éramos 11 hermanos, pero ella nos enseñó a salir adelante en lo que uno tiene. Yo estudié hasta segundo de primaria, para las cuentas nadie me gana (suelta la carcajada)”.
Recuerda que desde los 6 años de edad cuida ganado y por eso no pudo ir a la escuela.”Llegué a cuidar 100 borregos y 40 vacas. Ordeñaba temprano y les daba alimento”.
A esa edad también empezaba a meterse a la cocina, en virtud de que eran 11 hermanos y su mamá le pedía que fuera a preparar la comida mientras ella iba a tal parte o que atendiera a sus hermanos pequeños.
Ella es la cuarta hija, “las primeras cuatro son mujeres, luego dos hermanos, después más mujeres, luego dos hermanos y al final una muchachita”.
“Me gusta mucho el campo, nada más que como ya tengo muchos años, ya me canso un poco, pero me gusta levantarme cuando trinan los pájaros, me gusta mucho el campo. Es más pesado levantar la cosecha que sembrar, porque siembra usted y ahí se queda, pero hay que segar, pichcar, moler, yo soy la que costaleo en el molino. Sembramos maíz, avena, forraje para el ganado, en una superficie de poco más de 6 hectáreas”, anota Honorina.
–¿Cómo se dan sus inicios en la cocina?
–Desde chiquita, como a los 8 años, tenía esa edad cuando se quemó la casa, mi mamá había ido a traer el agua y desde entonces me deja ordenado que le diera de comer a mis dos pequeñas hermanas. De pronto empezó a bailar la hamaca, cogí a mi hermana y la fui aventar a un surco. Se quemó toda la casa, supuestamente un señor iba fumando, como antiguamente las casas eran de zacatón, pues se prendió, el señor no lo hizo adrede, el señor iba, tiró el cigarro y se quemó todo.
Durante ocho días se fueron a vivir a otra casa, mientras su papá rascó hondo para que la tierra hiciera la función de las paredes, otra vez le puso zacatón y vivieron en un cuarto enterrado.
Honorina cocinaba de todo, por ejemplo mataba un pollo y lo hacía en caldo, porque su mamá les enseñó a sus hijas a preparar pipían, mole, carpa, nopal, muchos comidas de la región, “como estábamos pobres, hacíamos la penca y le poníamos chiles, epazote, los poníamos alrededor del tlecuil, que es en el suelo, y comíamos, ¡que rico! Así muchas cosas, como éramos muchos y estábamos amolados, pues lo que había del campo, le entrabamos de todo, ahí fue donde aprendí el quelite, la verdolaga, miles de cosas que hay en el campo”.
–¿Por qué se inscribió en el concurso?
–Un día llegó mi hijo el mayor, se llama Martín y me dijo vamos a ver el programa de concurso en la televisión. Le voy a ser honesta, no sabía que existía ese programa, pero al verlo le dije a mi hijo que un día iba ir a ese programa. Se llegó el casting y me dijo: mamá, tú dijiste que ibas ir.
“Ya le estaba sacando, pero sí concursé en el año 2016, me quedé en los primeros 300, ahí me quedé, ya no avancé; pasa el tiempo y me hablan para decirme que hubo una equivocación, que me tenía que haber quedado en 2016, así que me pidieron que regresara”, refiere.
De esta manera vuelve a concursar en 2017 con un guajolote y escamoles de Villalta, donde “se dan muy sabrosos y sanos, lo rellené con nopales, hice una salsa y sopitas negras”, recuerda.
A los chefs les llamó la atención, entre ellos se decían ven a ver esto. El guajolote lo guisó completo, pensó que si solo llevaba una pierna iban a decir que a lo mejor no es del lugar de origen de ella.
Luego preparó un consomé con garbanzos y epazote, “quedó bien sabroso”. Eso fue como a las 11 de la mañana que pasaron a calificarla. “Me dijeron quédese porque va a continuar y como a las 6 de la tarde me dijeron que iba a guisar otra cosa y les hice un guarache e igual les llamó la atención porque siempre he guisado exagerado”.
En su relato hace un paréntesis para comentar que en su infancia “hubo mucha falta de comida y como que de ahí quiero que la gente coma. Empiezo a hacer mis tortillas y cuando veo ya las hice muy grandes, es como esa manía de que hubo pobreza y por eso quiero que la gente coma”.
De regreso a su experiencia en el concurso, ahonda que hico el huarache y “me dijeron que sí me quedaba, que me hablaban después y sí, como a los 15 días me hablaron de que me fuera, porque éramos 54 participantes”.
Le hicieron exámenes médico y psicológico para ver que “estuviera uno sano, no vaya uno a llegar y ellos tienen problema. Tres días después ya nos pusieron a guisar e hice un rib eye, quedamos 18 y luego así me fui, subí y subí hasta que llegué a la final”.
La final la ganó con un menú de tres tiempos: barbacoa de borrego, “aunque en Atlanga tenemos la costumbre de que vaya cocido al máximo y allá me dijeron que fuera menos cocido, yo lo vi que iba crudo y dicen que iba cocido (risas)”, el segundo tiempo fue pescado en tamal “como lo hacemos aquí en casa”, después fue el mole y al final unas donas sencillas, enumera.
–¿Cómo ha cambiado su vida desde el 17 de diciembre de 2017?
–Harta gente me viene a saludar, me volví famosa (risas), a la gente que viene de la política la saludo y la recibo, pero de política no me llama la atención, pero a todos los recibo, vienen unos compañeros, vienen otros y a todos los recibo.
Menciona que en menos de un mes había recibido por lo menos tres familias al día, “han venido de Ensenada, Cancún, Acapulco, Chiapas, Orizaba, México, Querétaro, San Luis Potosí, de muchos estados han venido a sacarse la foto y saludarme, claro que sí los recibo.
–¿Alguna vez pensó en ser famosa?
–Fíjese que no, yo creo que Dios me castigo, mi hija me decía que me tomara una foto, pero yo me negaba porque le digo que salgo horrible y ahora dos o cuatro veces al día me tomo fotos.
–¿Se siente un personaje o sigue siendo la misma Honorina?
–¡No!, yo sigo siendo la misma, con respeto permito que me saquen la foto, recibo a las personas, pero sigo siendo la misma en casa, hago mis alimentos, inyecto al ganado, sigo siendo la misma.
–¿Cómo es Honorina?
–A mí me gusta el campo, si puedo ayudar a alguien, lo ayudo, siempre me ha gustado ser así, soy alegre. Cuando estaba allá, decía lo que siento, me ponían diga usted esto, como cinco veces me decían, no me lo aprendía y les dije que mejor decía lo que siento y con mis palabras, porque si a mí me ponen, pues me equivoco, yo digo lo que soy.
–¿Qué le gusta comer a usted?
–Yo soy carnívora, si no como carne siento que no he comido, desde chiquita he comido mucha carne. La preparo en caldo de pollo, caldo ranchero, pipían, chile rojo o verde, en mil formas, en barbacoa de bolitas o en blanco, como preparé el guajolote en blanco, de toda forma lo preparo, igual que el pescado, en caldo o en bolita, tamal, de todo le hago.
–¿Cuántos platillos sabe cocinar?
–Uy, bastantes, no tengo idea, pero la haba como en 10 formas, los nopales también, si sé preparar algunos.
–¿Qué le gusta más, cuidar ganado, ir al campo o la cocina?
–Yo lo combino todo, veo unas verdolagas o nopales, los llevo a la cocina y ya estoy inventado cómo los voy a cocinar; lo mismo mato un conejo o un borrego, combino las tres cosas.
–¿Qué es para usted su cocina?
–Mi cocina es entrar y empezar a inventar a ver qué hago. Mi cocina tiene lo normal y en la del concurso me costó porque tenía muchos utensilios que la verdad no conocía, había uno que cortaba en trocitos las cosas, no lo conocía; las ollas exprés nada que ver con la mía, por eso a veces me norteaba. Por ejemplo, a una olla exprés le pongo los tamales y nada que ver, se acabó rápido el agua, se me andaban quemando, aquí pongo 900 tamales en una olla y sé cuánto tiempo, pero allá es muy diferente.
“Mi cocina tiene estufa de gas y de leña, tengo trastes de barro porque es más sabrosa la comida en barro, el café, los frijoles, como que tienen otro sabor o será mi imaginación”.
Honorina considera que los utensilios modernos de cocina no le dan sabor a la comida, “cuesta más, haces un caldo en olla y cambia el sabor”. Por eso, ella tiene su traste exclusivo para cocinar arroz, otro para la carpa, “no lo agarro para otra cosa porque se va achoquillando”, tiene su cazuela para el mole y la olla para el café, “esa no puedo agarrarla para otra cosa”.
–¿Qué opina de la alimentación de la gente en nuestro país?
–Yo soy carnívora y tengo 20 años sin ir al médico, como de todo y mi salud está bien. Mi esposo tiene diabetes, su mamá tenía. A mis hijos no los dejaba ir a la escuela si no comían, entonces la alimentación para mí, como soy de campo, creo que es sana o esa es mi imaginación. Yo como cuando tengo hambre, cuando me levanto como, después como a la nueve vuelvo a comer.
–¿Qué más hace usted en el día?
–Todo el día tengo quehacer, me encantan también las plantas, diario destino una hora para las plantas. Las cambio de lugar, mis hijos me dicen que me hago guaje, pero nada le hace, pongo una planta aquí y otra allá, y así, me gustan mucho las plantas, mi cuarto y mi cocina tienen plantas, aunque el frío me fregó mucho mis plantas, este año ha helado más que otros, se han helado hasta las pozas en las barrancas.
–¿Piensa usted de nuevo participar en un concurso de cocina?
–Van a hacer casting de nuevo y a nosotros nos ocupan para promover a la gente, nada más. No tengo propuesta de otro tipo, si me hacen otra invitación quién sabe, porque mi esposo enflacó bien feo de que me fui dos meses, ya me daba el susto, hasta pensé en hacer un platillo feo para regresarme, porque mi hija me dijo que mi esposo estaba mal, yo ya quería regresar. Además, allá (Ciudad de México) comen re feo, ya no sabía ni qué comer, hacen unas comidas re feas, mucho embutido, jamón, cosas raras, en lugar de un pollito con sus chipotles, las tortillas no saben sabrosas, aquí las hacemos nosotros.
–¿Qué va a hacer con el dinero que ganó?
–Pienso abrir un restaurante, todavía no es un hecho, pero lleva sus pasos lentos, otra parte la voy a dar a mis hijos en partes iguales, es poquito, porque me van a mochar el IVA del millón de pesos, no sé de cuánto venga mi premio.
El restaurante lo pondría en Atlanga para captar turismo, pero todavía necesita definir el proyecto, lo que sí está segura es que no va a ser lejos de donde vive.
–¿Toda la gente puede cocinar o hay que traer un don?
–Quién sabe, el otro día fui con una señora y me comí la comida por pura voluntad de Dios, me la comí, pero dije no, no, no. Será que soy cochosa, pero sí les falta poquito en la cocina en otras partes que he ido.
–¿Cómo hace sus mezclas de especias?
–Dentro de la cocina digo voy a hacer esto y ya me queda. Primero siento que ya lo trae uno de chiquilla, mi mamá me decía échale esto y échale esto, pero ya después vas viendo, esto no me gusta y se lo cambio por otro. Al mole le meto 22 especias y queda muy sabroso, si veo que está cargado de una cosa, le bajo y le pongo del otro, el paladar le va ayudando a uno. El chef Benito me dijo a usted la bendicen los dioses porque su comida es muy rica.
–¿Usted conquista al hombre con la comida?
–Sí, mi esposo cuando está nervioso, le digo vente a comer y está bien contento en la cocina.
Incluso, recuerda que los comentarios de los chefs fueron en el sentido de que el mole que preparó fue el mejor de las tres temporadas y que el pescado estaba a la altura de la mejor cocina del mundo.
A raíz de su éxito en el reality de cocina ya ha sido invitada por unos amigos suyos restauranteros a impartir una plática, pero todavía no ha salido de su casa, “porque nada más salgo a Tlaxco y todo mundo quiere tomarse fotos conmigo, mejor me quedo acá, antes pasaba desapercibida. Mejor casi no salgo. Claro que eso va a ser poco a poco, nada más va a ser medio año y sigue el otro que gane”.
–¿Le gustaría dejar huella en la cocina?
–Yo creo sí, Dios ya nos abrió las puertas, ya no hay que cerrarlas, hay que ver qué hacemos más adelante.
–¿A qué hora se levanta y en qué piensa primero?
–Ahorita he estado un poquito floja porque los hielos están agresivos, hay que cuidarse, a las 6:30 de la mañana ya estoy levantada, antes a las 5:30, pero el frío está feo. Lo primero que pienso es que les voy a hacer de comer ahora, luego a ver los animalitos y eso. Me voy a dormir a las 7:30 de la noche, soy bien floja, mi cuerpo ya se acostumbró, pero me levanto temprano e igual me acuesto temprano. No veo tele porque se me fregó mi tele y no han venido a arreglarla.
–¿En qué sueña Honorina?
–Ni sueño, ahora que cobre mi dinero a ver qué sigue, por favor se me acaba el dinero y ya no hice nada. Como decía allá, mejor hechos compañeros, voy a hacer esto y esto y esto, pero cada quien, yo mejor con hechos les respondo, porque palabras no. Esa ha sido mi idea, hacer las cosas con hechos, no prometer nada porque a veces no salen las cosas.
–¿Qué le aprendió a su mamá?
–Yo creo que el ser fuerte en la vida, sí, uno es fuerte, porque la vida le da a uno cada cachetada muy fuerte, que un hijo ya se enfermó, que no hay para esto, que se enfermó el esposo y tener que salir adelante. Mi mamá nos enseñó a ser fuertes, pero no es tan fácil, responde Honorina, al tiempo que logra detener las lágrimas que ponen brillosos sus ojos.
–¿Y a su papá que la aprendió?
–Mi papá también era fuerte, pero era un poquito más débil que mi mamá, nos enseño que no son fáciles las cosas en la vida.
–¿De la cocina que le aprendió a su mamá?
–Más que nada a mezclar los condimentos en las comidas.
–¿Qué le diría su mamá de que ganó este premio?
–Quién sabe si estaría contenta, me diría que carambas fuiste hacer por allá, porque eran muy conservadores los señores, decían que la mujer con que supiera leer era más que suficiente, eran ideas de ellos que se respetan.
Incluso, comenta que su papá le dijo a una de las hijas de Honorina que para qué hacía gastar a su mamá, si las mujeres eran para casarse y estar en su casa. “¡Error!, yo no pienso eso”.
–De haber tenido la oportunidad, ¿qué hubiera estudiado?
–Tenía varias ideas, pero la veterinaria me gusta mucho, a lo mejor la cocina, ¿sabrá Dios por qué me hubiera ido?, pero sí me gusta la escuela, ya estudié la primaria, la secundaria ya la saqué y quiero terminar la prepa, el Cobat como le dicen mis hijos, pero ya hay prepa abierta.
–En cuanto a su experiencia en el concurso de cocina, ¿en algún momento se sintió menos con respecto a sus otros compañeros?
–Ah no, al contario, dije que el campo es una cosa fundamental para la gastronomía, punto. Ellos decían tantas cosas y sus ideas no me gustaban mucho, decían voy a hacer esto y esto, es fácil decir las cosas pero hacerlo es diferente. Siempre he dicho que mejor hay que hacer las cosas y no decirlas.
–¿Qué más aprendió de la cocina después del concurso?
–A preparar algas marinas, me puse a pensar cómo realizarlas, tuve suerte y fue uno de los mejores platillos, porque no es fácil combinar las botellitas que hay en el mercado con muchos nombres y mejor ni meterse. Para experimentar no era tan buena, pensaba que no me iba a quedar y mejor me iba con lo que ya sabía.
–¿Qué pasaba por su mente cuando tuvo mandil negro?
–Tuve seis mandiles negros, fueros hartos. Pues dije a la mejor me voy, pero le luchaba y le luchaba porque no es fácil decir ya tengo el mandil y me deprimí, mejor pensaba que lo que me pusieran a hacer, haré lo mejor para pasar ese mandil.
–¿Qué consejo le daría a las mujeres que tiene un rol en el trabajo y a veces no tienen tiempo para cocinar?, ¿se puede?
–Es más pesado porque vienen de trabajar, pero con que le den una hora a la cocina, es más friega, lógico, pero sí se puede. Yo llego del campo a las 6 de la tarde y todavía les doy de cenar a los animales y luego entro a la cocina para dar de cenar a mi familia. Sí se puede, el querer, es poder. Años atrás daban las 9 de la noche y empezaba a tejer, ahora ya me hice floja porque mis hijos ya están saliendo y sí requiero de recursos, pero en ese tiempo era que tenía que tener a fuerza para el pasaje de mis hijos para que fueran a la escuela, los autobuses no perdonan la tarifa, se sube uno y hay que pagar.
Rememora que cuando ella era pequeña y al ser 11 hermanos, su mamá les daba un huevo para pagar el pasaje. “Había veces que lo agarraba el chofer y otras que no. Se imagina usted si nos bajan a medio camino, también nos ponía una bolsa de huevos para pagar el molino; en el molino nos decían primero vamos a ver si están sanos y en la tarde pasas. Había veces que a los choferes nada más les daba risa, a veces eran re enojones, nos la vimos re difícil, mi mamá nos ponía huevo para pagar el pasaje. Fueron muchos momentos difíciles, pero gracias a Dios ahí vamos”.

Levantar la cabeza es la lección que le dejó la chef Betty en ese concurso de cocina

Por eso, insiste en que las mujeres deben pensar que sí se pueden hacer las cosas, algunas dicen que no hay trabajo, “cómo carambas no hay trabajo, sí hay trabajo, tu casa qué, hay cursos de costura, de escribir, ahora los traen a las casas, hay que aprender, en mi caso he trabajado mucho el campo y todavía en casa”.
Menciona que cuando su esposo enfermó de diabetes, ella tuvo que echarle ganas para salir adelante. “Había días que amanecía tejiendo y se iba al campo, debía tener dinero para el pasaje de los hijos que iban a la escuela, comprar los libros o que querían esto o que lo otro. Todas las mujeres que quieran salir adelante, lo pueden hacer, y las que no quieran, solo se van a quejar, esa es la verdad”.
Sentencia: “la mujer no debe dejarse, con sus manos debe levantar a sus hijos y su casa. En las manos está la fuerza”.
–¿Qué chef le dejó una enseñanza distinta?
–A la chef Betty cuando me decía levanta la cabeza.
Y es que recuerda que cuando tenía 5 años de edad, supuestamente perdió un santo que “después apareció el ingrato”, y su papá rezaba todas las mañanas y le dijo “nada más deja que termine de rezar y verás”.
“Yo dije ni maíz, mejor me voy, pero una vez que regresé mi papa me pegó, porque se enojo mucho, nada más sentí caliente, caliente y cuando desperté, me tenían con alcohol y enredada en una cobija porque me desmayé de tanto golpe. Ahí yo tuve la culpa por haberme ido, desde entonces toda la vida estaba agachada y en el concurso me di cuenta que siempre estaba agachada. Son cosas que pasan en la vida, pasó el tiempo, mi papá era rudo, lógico, tantos que éramos y creo que le aburríamos, eso le aprendí a la chef. Ahora ya levanto la cabeza, fue fuerte esa experiencia”, puntualiza Honorina sin que en esta ocasión pueda detener las lágrimas que resbalan por sus mejillas.

 

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