Edición 23 Octubre 2009.


Realiza estudios sobre la cultura tutu nakù en comunidades de la sierra norte de Puebla y Veracruz
Su labor en la silvicultura le ha valido múltiples premios y reconocimientos
“El suelo tiene que respirar, se necesita materia orgánica para que la tierra reverdezca”

“Ser libre pensador y libre vividor” es un privilegio de pocas personas.
Trabajar por muchos años para “dar vida a la vida” fue una labor que desarrolló durante 40 años, ya que en ese periodo hizo que un terreno totalmente erosionado sea ahora bosque.
“Hay que seguir el principio básico de que sólo la vida genera vida, así se hizo el mundo, con la acumulación de materia orgánica”.
Su trabajo como silvicultor le ha valido múltiples premios y reconocimientos, pero ninguno de ellos lo compara con la oportunidad que tuvo de adentrarse durante los últimos tres lustros al estudio de la cultura toto nakú (totonaca), gracias a que ahora su sustento lo obtiene con la explotación del bosque.
Nuestro personaje de este mes es Carlos Caballero Zamora, quien recibe al equipo de Momento en su casa, ubicada en el predio El Pardo, en el municipio de Tlaxco
A sus casi 86 años de edad –nació el 5 de noviembre de 1923–, don Carlos Caballero asegura que su estado de salud sano “es buena suerte, no sé cómo me he mantenido así, aunque nunca he tomado ni fumado, no debo nada a nadie ni nadie me debe. Creo que si he luchado por la preservación de la vida, ella misma ahora me está retribuyendo”, reflexiona con sentido del humor.
“Es más, me sorprende tener muchos amigos, porque nunca tomé”, apunta.
En su casa, todos los muebles son de madera, y la mayoría de ellos fueron hechos por él mismo; incluso, muestra una lámpara de pilas que diseñó para leer durante las noches, pues aunque en su hogar hay servicio de energía eléctrica, como buen ambientalista procura utilizarla lo menos posible.
Para realizar la entrevista, Carlos Caballero nos invita a pasar a una construcción que está enfrente de su casa, al otro lado de un camino de terracería, donde da albergue a indígenas tutu nakù que lo visitan, pues ha hecho amistad con varias personas de esa cultura del norte de la sierra de Puebla y de Veracruz.
Con un bastón empuñado en su mano izquierda, don Carlos nos guía para hablar sobre su trabajo a favor del bosque, pero lo que más le interesa es dar a conocer sus investigaciones sobre la cultura tutu nakù en los últimos quince años.
– ¿Dónde nació usted y en qué fecha?
– Nací en Tlaxco, el 5 de noviembre de 1923. Mi padre administraba la hacienda de Atezquilla, en Chignahuapan, Puebla, y por lo tanto pasaba un tiempo en Tlaxco y otro tiempo allá; de ahí surge mi interés por el bosque y por investigar sobre la cultura toto nakú.
“Desde los 19 años de edad surge mi preocupación por el medio ambiente, específicamente cambiar la tierra de tepetate por bosques, aunque ni idea tenía de cómo hacerlo”, reconoce.
A efecto de aportar su granito de arena para la conservación y preservación de los bosques, Carlos estudió la carrera de Ingeniería Química Agrícola en la Universidad de Louisiana, Estados Unidos, pero se decepciona de esta decisión “porque allá querían formar a personas para que vendieran fertilizante. Pensaban que la química iba a resolver el problema de las plagas” (risas).
En 1951, nuestro personaje aprende a reconstruir tepetate a partir de un entrenamiento práctico y estudios teóricos bajo la tutela y dirección del doctor Ehrenfried Pfeiffer, quien en aquel tiempo era la máxima autoridad en cuanto a la protección de los recursos naturales, principalmente los forestales, y autor de varios libros, entre ellos The Earth’s Face and Human Destiny.
“El suelo tiene que respirar. Se necesita materia orgánica para que la tierra reverdezca; por eso aflojo el tepetate con un instrumento que yo mismo diseñé y que denominé cultivador de navajas, a fin de que meta materia orgánica en la tierra. Con el paso de los años transforma el tepetate en áreas verdes”.
En el año 1956, Carlos Caballero compra un pequeño predio forestal en Tlaxco, con el fin de ser arte de los dueños de los bosques y promover su organización, capacitación y progreso. Un año después se inicia como promotor forestal voluntario.
Entre las acciones que ha realizado a favor del medio ambiente se encuentran su participación en un programa privado de protección a la naturaleza; la creación de la Escuela de Artesanía Forestal, primera en su género en América Latina; promotor y parcial financiador del curso “Aprovechamiento intensivo y permanente del bosque” para agricultores, ganaderos y silvicultores en potencia, todo esto al inicio de la década de los setenta.
Además de la investigación y el trabajo a favor del medio ambiente, Carlos Caballero impulsó la creación de una primaria especial para regiones forestales aisladas, con la colaboración de su esposa Magdalena Cervantes, quien se formó como bióloga. Esta escuela funcionó hasta 1984 con el apoyo de sus hijos.
Los dos únicos trabajos que ha tenido Carlos Caballero en el gobierno fueron en la Dirección General para el Desarrollo Forestal de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos y en el sexenio de Alfonso Sánchez Anaya, para impulsar un proyecto de capacitación forestal.
“Sólo he colaborado con el gobierno en dos ocasiones y por eso puedo decir que soy libre pensador y libre vividor” (risas).
Entre los galardones que ha recibido por su labor en la recuperación y preservación de bosques, se encuentran el Premio de Ecología y Medio Ambiente “Miguel Alemán Valdez” en diciembre de 1993; el Premio Nacional Forestal (Protección y Restauración) de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) en el año 2000; y el Premio al Mérito Ecológico (Por el sector social) de la Coordinación General de Ecología (CGE) del gobierno de Tlaxcala en 2002.
“Los premios que he ganado para mí ya son pasado, pero lo que he investigado sobre la cultura tutu nakù para mí no es futuro, pero para muchas otras personas sí”.
– ¿Qué ha investigado sobre la cultura totonaca?
– Como resultado de mi trabajo a favor del bosque, ahora vivo de lo que me deja la explotación de los recursos maderables bajo un enfoque sustentable, de ahí que en los últimos quince años me he dedicado a investigar sobre la cultura tutu nakù, que es el término correcto, y lo relacionado a Teotihuacán.
En la pared de la sala del albergue para indígenas que tiene don Carlos hay una imagen de la Virgen de Guadalupe al centro en la parte superior. Debajo está la pirámide de la Luna que se construyó en Teotihuacán, mientras que al lado izquierdo la pirámide del Sol y en la parte derecha la serpiente emplumada que representaba a Quetzalcóatl en esta civilización.
Con base en las investigaciones que ha realizado en centenas de comunidades de la Sierra Norte de Puebla, además de Veracruz e incluso de Tlaxcala y Estado de México, Carlos Caballero asegura que es absurdo pensar que la Luna haya sido el centro de la cultura de los tutu nakùs, pues fue una civilización machista.
Según su interpretación, la pirámide de la Luna representa la maternidad y la del Sol a la naturaleza; Quetzalcóatl no es una serpiente con plumas, sino que son hojas de maíz y finalmente la imagen de la Virgen de Guadalupe, viéndola al revés, representa la vida por los iconos que hay en sus pies y que representan la maternidad y las hojas de maíz, ¡todo eso es la vida!
– ¿Ya ha expuesto usted todo lo anterior a las autoridades? –, se le pregunta.
– En el año 2007 presenté los documentos de mi investigación, pero las vacas sagradas de la arqueología se quedan calladas, nadie quiere meterse en problemas y por eso a mí me interesa dar a conocer todo lo que he hallado en estos últimos quince años.
– ¿A qué conclusión llega con este trabajo?
– A que la imagen de la Virgen de Guadalupe y las construcciones de Teotihuacán no hacen alusión a lo cristiano, sino a lo sagrado porque representa la vida (sobre este tema se ahondará en un trabajo en particular).
Por lo avanzado de su edad, ahora don Carlos ya no cuida el bosque que le llevó 40 años de su vida recuperar, pues ahora dos de sus seis hijos se encargan de las actividades de la silvicultura.
Él, por su lado, atiende una pequeña granja, realiza trabajos de recuperación en pequeñas áreas erosionadas en la parte trasera de su casa, con el fin de hacer demostraciones en la materia a personas de otros estados de la República. También está por iniciar la producción del “cultivador de navajas”.
– ¿Sus hijos se dedican a la silvicultura?
– Sólo mis hijos Alejandra y Juan manejan lo forestal, la mayor se llama Ana Elena y le sigue Luisa, quienes no viven en Tlaxcala. Mi hijo José está en Chiapas y la menor de todos es Lourdes, quien a los 23 años de edad fue directora de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).
Hace nueve años, don Carlos enviudó y por ello ahora dos de sus hijas lo ayudan con las tareas del hogar, quienes además dirigen una primaria rural privada, denominada “Instituto de Educación Integral Magdalena Cervantes” en la colonia Iturbide, de Tlaxco, en las instalaciones de lo que originalmente fue la Escuela de Artesanías Forestales.

 

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